EL LATIDO DE LA MUERTE

No habría ninguna oportunidad de llegar a conocer la muerte
si sólo ocurriera una vez. Pero, por fortuna, la vida no es sino una continua
danza de nacimiento y muerte, una danza de cambio. Cada vez que oigo el
murmullo de un arroyo de montaña, o las olas que rompen en la orilla, o el
palpitar de mi propio corazón, oigo el sonido de la impermanencia. Estos
cambios, estas pequeñas muertes, son nuestros lazos vivientes con la muerte.
Son el pulso de la muerte, el latido de la muerte que nos incita a soltar todas
las cosas a las que nos aferramos.
Así pues, trabajemos en estos cambios ahora, durante la
vida: esta es la auténtica manera de prepararse para la muerte. La vida puede
estar llena de dolor, sufrimiento y dificultades, pero todas estas cosas son
oportunidades que se nos presentan para ayudarnos a avanzar hacia una
aceptación emocional de la muerte. Sólo cuando creemos que las cosas son
permanentes nos negamos la posibilidad de aprender del cambio.
Si nos negamos esta posibilidad, nos cerramos y nos volvemos
codiciosos. La codicia, el aferramiento, es la fuente de todos nuestros
problemas. Puesto que, para nosotros, la impermanencia equivale a angustia, nos
aferramos desesperadamente a las cosas, aun cuando todas las cosas cambian. Nos
aterroriza 58 EL LIBRO TIBETANO DE LA VIDA Y DE LA MUERTE desprendernos de
ellas; de hecho, nos aterroriza vivir, ya que aprender a vivir es aprender a
desprenderse. Y esta es la tragedia y la ironía de nuestra lucha por retener:
no sólo es imposible, sino que nos provoca el mismo dolor que intentamos evitar
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